
Todos los sistemas electorales repasados hasta ahora tienen una importante caracterÃstica en común: no son proporcionales. Aunque haya diferentes mecanismos para dotarles de cierta proporcionalidad, no está en la raÃz de su filosofÃa el ser proporcionales, sino el elegir determinados representantes. Como ya se discutió al analizar los sistemas mayoritarios, cuando se trata de elegir a un determinado candidato, o bien obtiene representación o no la obtiene, no tiene sentido hablar de proporcionalidad.
Sin embargo, en todas las democracias parlamentarias modernas los candidatos se agrupan en partidos, coaliciones, alianzas… listas de candidatos afines, en resumen. Los votantes también tienden a agrupar sus votos en estas listas según sus preferencias ideológicas. Desde ese punto de vista, es “justo” que la composición del parlamento, en cuanto a afinidades ideológicas, refleje de forma proporcional las afinidades ideológicas de la población, expresadas con su voto (recordemos que el adjetivo “justo” es relativo, teniendo en cuenta el equilibrio de preferencias asociado al Teorema de Arrow).
Es asà como surgen los sistemas proporcionales, en los que no se elige directamente a candidatos sino que se reparten los escaños proporcionalmente entre las listas que concurren, y luego cada lista asigna los escaños que le corresponden (de diferentes maneras) entre sus candidatos. La realidad es que hay muy pocas democracias parlamentarias con sistemas puramente proporcionales (donde todos los votos del paÃs se dividan proporcionalmente en escaños), ya que un sistema electoral debe tener otras caracterÃsticas además de proporcionalidad (que aquà hemos englobado subjetivamente en los amplios conceptos de “estabilidad” y “representatividad”).
¿Cómo consiguen los sistemas proporcionales tener en cuenta estos factores? hay diversas formas


