Publicado el 3 ene, 2012


Sistemas electorales proporcionales: ajustando la proporcionalidad

Hemiciclo

Todos los sistemas electorales repasados hasta ahora tienen una importante característica en común: no son proporcionales. Aunque haya diferentes mecanismos para dotarles de cierta proporcionalidad, no está en la raíz de su filosofía el ser proporcionales, sino el elegir determinados representantes. Como ya se discutió al analizar los sistemas mayoritarios, cuando se trata de elegir a un determinado candidato, o bien obtiene representación o no la obtiene, no tiene sentido hablar de proporcionalidad.

Sin embargo, en todas las democracias parlamentarias modernas los candidatos se agrupan en partidos, coaliciones, alianzas… listas de candidatos afines, en resumen. Los votantes también tienden a agrupar sus votos en estas listas según sus preferencias ideológicas. Desde ese punto de vista, es “justo” que la composición del parlamento, en cuanto a afinidades ideológicas, refleje de forma proporcional las afinidades ideológicas de la población, expresadas con su voto (recordemos que el adjetivo “justo” es relativo, teniendo en cuenta el equilibrio de preferencias asociado al Teorema de Arrow).

Es así como surgen los sistemas proporcionales, en los que no se elige directamente a candidatos sino que se reparten los escaños proporcionalmente entre las listas que concurren, y luego cada lista asigna los escaños que le corresponden (de diferentes maneras) entre sus candidatos. La realidad es que hay muy pocas democracias parlamentarias con sistemas puramente proporcionales (donde todos los votos del país se dividan proporcionalmente en escaños), ya que un sistema electoral debe tener otras características además de proporcionalidad (que aquí hemos englobado subjetivamente en los amplios conceptos de “estabilidad” y “representatividad”).

¿Cómo consiguen los sistemas proporcionales tener en cuenta estos factores? hay diversas formas

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Publicado el 23 dic, 2011


Sistemas electorales de preferencias ordenadas

Una de las principales críticas a los sistemas mayoritarios (uninominales y plurinominales) es su falta de proporcionalidad. Si los candidatos se agrupan en listas, la lista más votada tiende a monopolizar la representación. Se trata, además, de sistemas donde la representación de minorías es bastante complicada. En definitiva, como su nombre indica, los sistemas mayoritarios están diseñados para que gobierne la mayoría sin tener en cuenta más consideraciones.

Una forma de paliar estos defectos, manteniendo un sistema de “voto a personas” y listas abiertas es el voto preferencial: los electores pueden votar a varios candidatos pero no todos los votos valen lo mismo, sino que se ordenan de mayor a menor. Por ejemplo, si en un determinado distrito se eligen cuatro escaños, cada votante marcará con “1″ su candidato favorito, “2″ al siguiente más favorito, “3″ al siguiente y “4″ al último dentro de sus favoritos. Existen diferentes sistemas para contabilizar las preferencias.

Los sistemas de preferencias ordenadas generan resultados relativamente proporcionales (sobre todo en comparación con los mayoritarios): los últimos candidatos de las listas mayoritarias se suelen llevar muchos votos pero con muy poca preferencia, de modo que son superados por candidatos de fuerzas minoritarias con pocos votos pero alto orden de preferencia. También se reduce el “voto inútil”, los votantes saben que si el candidato de su primera preferencia no resulta elegido, al menos sus siguientes preferencias pueden contribuir a otros candidatos.

La principal crítica a este sistema es la complejidad del recuento (se deben hacer tantos recuentos independientes como órdenes de preferencia). En la práctica, con sistemas preferenciales es casi imposible tener distritos de más de 7 u 8 representantes (si no, el recuento sería demencial). Trasladando esto a España, supondría que los partidos minoritarios de ámbito nacional como IU o UPyD lo tendrían aún más difícil para obtener representación. Otra crítica es la posibilidad de votos cruzados para que varias minorías anulen a una mayoría. Pero salvo coaliciones electorales explícitas, este efecto negativo solo tiene impacto real en elecciones pequeñas donde se puede controlar una parte muy significativa del electorado (por ejemplo, una facultad universitaria).

La complejidad de estos sistemas es tal que hay ilimitadas permutaciones de posibles sistemas electorales teniendo en cuenta como se ponderan, distribuyen y transfieren las preferencias. Veamos algunos de los fundamentales.

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Publicado el 18 dic, 2011


Sistemas electorales mayoritarios de listas abiertas

En el sentido amplio, los sistemas de listas abiertas son aquellos en los que el votante puede escoger (con diferentes grados de libertad) entre los candidatos que se presentan, votando por tanto a personas y no a partidos; teniendo la posibilidad adicional de votar a candidatos de distintos partidos.

El sistema más simple de listas abiertas es el sistema mayoritario plurinominal, que es similar al sistema mayoritario uninominal del post anterior, con la diferencia de que en lugar de elegir un solo candidato por distrito, se eligen varios. Esto tiene una ventaja fundamental: permitir que en cada distrito pueda haber representación de varios partidos políticos, logrando aumentar la proporcionalidad del sistema uninominal (y favoreciendo las opciones de partidos minoritarios).

Por norma general, en estos sistemas electorales de listas abiertas los candidatos se agrupan en listas, pero el voto se realiza a personas, independientemente de la lista a la que pertenezcan. Teniendo en cuenta que la mayoría de los votantes se decantarán por los candidatos de un solo partido, lo normal es que se establezcan límites sobre el número máximo de candidatos que cada lista puede presentar – o que los electores pueden escoger (si no, en muchos distritos se daría el caso de que el partido más votado se llevaría todos los representantes, con lo cual no habría ninguna mejora de proporcionalidad respecto al sistema mayoritario uninominal).

España tiene una larga tradición de sistemas mayoritarios plurinominales. Es el sistema usado actualmente en el Senado, también lo fue en la II República. Al igual que en el caso uninominal, tenemos el caso de única vuelta y doble vuelta ¿Cómo funciona, pues?

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Publicado el 15 dic, 2011


Sistemas electorales mayoritarios

Lo prometido es deuda, es hora de hablar de sistemas electorales concretos y de como se equilibran en la práctica los conflictos de preferencias derivados de la paradoja de Arrow. Empezaremos hablando de uno de los sistemas más antiguos (y simples): el mayoritario, o estrictamente hablando, el mayoritario uninominal (ya que tenemos sistemas mayoritarios plurinominales – las famosas “listas abiertas” – pero les dedicaremos un post aparte).

En el sistema mayoritario, el territorio se divide en distritos, y en cada distrito se elige un solo representante. Al contrario de lo que indica la creencia popular, este sistema no es de listas abiertas. Un sistema donde solo se puede elegir a un candidato de la lista equivale a un sistema de listas cerradas donde cada lista se compone de un solo candidato.

A favor de este sistema se suele argumentar que fomenta la proximidad de representantes y representados (cada ciudadano tiene “su” diputado al que pedir cuentas). Por otro lado, es un sistema muy poco proporcional con tendencia a cerrar el paso a las minorías y outsiders.

¿Cómo funciona? los electores eligen a su candidato preferido de todos los posibles y gana el que tenga la mayoría. La definición de “mayoría” no es trivial, en algunos casos se refiere a la mayoría simple (el que tenga más votos), en otros casos hablamos de una mayoría cualificada (generalmente absoluta), de modo que puede ser necesaria una segunda vuelta. Así que tenemos dos opciones.

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Publicado el 14 dic, 2011


Buscando el sistema electoral perfecto

Tras unos cuantos meses de ausencia en el blog, he decidido volver para hablar un poco de sistemas electorales, uno de los temas candentes en los últimos meses. Al final, como otras muchas cosas en España, los sistemas electorales pertenecen a la categoría de cosas de las que todo el mundo habla, sin tener (en general) demasiada idea. Así, por ejemplo, las asambleas del 15M llegaron a pedir “listas abiertas y circunscripción única” a nivel estatal, cosas incompatibles entre sí (a no ser que imaginemos unas elecciones donde cada elector marca unos pocos cientos de cruces en un listín de miles de nombres – eso sí, renunciando a la proporcionalidad).

También es muy habitual confundir “sistema electoral” con “método de reparto de escaños” (por ejemplo, la Ley D’Hondt es un método de reparto de escaños, podríamos cambiarlo por cualquier otro y, a no ser que cambiemos más cosas, seguiríamos teniendo exactamente el mismo sistema electoral).

El desconocimiento sobre sistemas electorales lleva, además, a peticiones demagógicas como la de “una persona, un voto”. No, vamos a ver, en la actualidad ya tenemos un voto para cada persona, discutir eso es sencillamente mentir. La cuestión es… ¿cómo se transforman esos votos en representantes electos? y la respuesta no es en absoluto trivial.

Lo primero que hay que tener claro es que el sistema electoral perfecto no existe. No es una afirmación retórica, es que matemáticamente es imposible. Esta afirmación deriva del Teorema de la Imposibilidad de Arrow. A grandes rasgos, viene a decir que es imposible crear un sistema de votación que convierta un conjunto de preferencias individuales en una preferencia colectiva que cumpla todas las propiedades deseables. O de forma más sencilla: cualquier sistema electoral tiene una serie de características deseables y no todas ellas son compatibles entre sí.

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