
Hace unos cuantos días que no me dejo caer por aquí, pero ha habido una buena razón para ello. Ya puedo desvelarlo: durante el fin de semana estuve preparando una entrevista para el Talent Programme del banco ING. El lunes, vía Frankfurt, volé a Ámsterdam y dormí en un hotel de mierda (español tenía que ser, un NH) que al banco le habían vendido (y cobrado) como cuatro estrellas. Ayer hice la entrevista. Sí, me han ofrecido el contrato [aplausos]. Empiezo a trabajar en Ámsterdam en Noviembre. Después, otra vez al aeropuerto de Schiphol, y tras batir el récord de los “800 metros-handluggage” en la terminal 2 de Múnich, llegué a Tesalónica a tiempo de oír los 10 minutos finales del partido de España en la radio, aprovechando la wifi gratis del aeropuerto (parece mentira que en ese aspecto los aeropuertos griegos vayan delante de holandeses y alemanes).
Llegar a Ámsterdam desde Tesalónica es toda una experiencia. Acostumbrado a la jungla urbana griega, me sorprendió lo que me sucedió nada más llegar al metro. Mi tarjeta de crédito aparentemente no valía para comprar el ticket y no tenía monedas sueltas. Calma total en la cola que aguardaba detrás de mí ante mis patéticos esfuerzos. “No te preocupes, yo te compro uno” (2,60 € del ala), me suelta una rubia de metro ochenta acompañada de su bicicleta. No puede ser. “Que sí, no pasa nada, hombre“.
Al bajarme en la estación e intentar pasar el ticket por la máquina para salir… ¡alarma! y ahí viene raudo un segurata (este no era un “típico holandés”, sino que tenía toda la pinta de ser de origen magrebí). “Ay, amigo, no has validado bien el billete“. Ya me estaba esperando yo la típica reprimenda, comprar un nuevo ticket y darle gracias por no cascarme una multa. “Bueeeeee-no, no te preocupes, ven aquí que te enseño a validarlo bien y te doy un ticket nuevo para que lo puedas usar otra hora“. ¿Quién no querría vivir en un país donde se recibe a la gente de esa forma?
Nada más encontrar el hotel y dejar las cosas, me di un paseo por los alrededores (al lado del Tropen Museum). La limpieza, el silencio, la gente sentada a la orilla del canal o paseando en bicicleta (“Pase usted — no, usted primero“, etc.), todo era como una película. Me resultaba hasta emotivo ver como los coches se paraban delante de mi cada vez que quería cruzar la calle, como si yo fuese el protagonista de esa película. Acostumbrado a esperar durante minutos en los pasos de cebra de Tesalónica y encima llevarme de propina un “malakas eisai” (“¡serás capullo!“) cuando me decido a cruzar, lo de Holanda es todo un shock.
A ver, me explico. Me encanta Grecia, eso no ha cambiado, pero el contraste con Holanda es brutal, y precisamente en aquellos aspectos donde vivir en Grecia me saca de quicio, Holanda es un paraíso terrenal. Por ejemplo, el respeto por el mobiliario urbanο (en Grecia siempre asqueroso, lleno de pintadas y carteles, cuando no roto), por los peatones, la fiabilidad de los horarios (especialmente en el transporte público), la sensación constante de tranquilidad, etcétera.
Paseando por las calles de Ámsterdam me di cuenta de algo: quería vivir allí. Aunque me encante Grecia (y España, a pesar de todo), quiero vivir en un sitio como Holanda. Parece que los dioses naranjas escucharon mi plegaria. El uno de noviembre aterrizaré allí con un contrato debajo del brazo y una nueva vida por delante. Acojona de pensarlo, pero yo solito me lo he buscado.
PD friki: Sí, ya sé que propiamente hablando, el país no es “Holanda” sino Países Bajos (traducción de “Nederland”). Un par de comentarios al respecto: primero, eso de “países bajos” me parece una frivolidad, y más con los tallos que se ven por ahí. Segundo, a pesar de todo, Ámsterdam (al igual que Rotterdam y La Haya) sí está en la región de Holanda propiamente dicha (una de tantas que forman el país).
Fotografía | aloxe
lo dicho… enhorabuena!
Eso, muy bien, huye, huuuye!
En serio Nacho, muchas felicidades, me alegro mucho. Ya nos irás contando qué tal todo ;-).
Sí, a partir de noviembre os iré contando qué tal :)