Volví a España el pasado martes, y desde entonces he estado aclimatándome (léase durmiendo, vagueando, saliendo con los amigos, etc.) razón por la cual no me he dejado caer por aquí últimamente. Estoy aún haciéndome a la idea de que mi segunda aventura griega se ha terminado, y que no habrá una tercera al menos a medio plazo (volveré de viaje, seguro, pero no es lo mismo).
Es difícil hacer una retrospectiva e intentar describir lo que significa Grecia para mí, se trata de una complicada historia de amor, como si fuera una novia a la que quieres con locura pero que te saca de tus casillas cada dos por tres. Como esas historias de las que hablan las canciones griegas. Mi historia con Grecia empezó hace cinco años en Madrid. En una fiesta, rodeado de guiris y un tanto ebrio, un madrileño que manejaba un kombolói me dijo una frase que a la postre se convirtió en realidad: “vete a Grecia, porque cuando vayas te enamorarás y querrás volver”. Picado por la curiosidad, meses después solicité un curso de dos semanas en Salónica, y en marzo de 2006 pisé Grecia por primera vez.
Ya hablé en mi viejo blog de los inolvidables momentos vividos allí. Muy apropiadamente, lo titulé “Días de frappé, noches de ouzo“. Me prometí a mí mismo que volvería, y lo hice ese mismo verano, visitando Atenas y perdiéndome cuatro días en un pueblecito de Creta. Y hubo otras muchas visitas, hasta que llegué a sentirme en Atenas casi como en casa (por circunstancias de la vida, acabé haciendo más lazos con la capital que con Salónica). Pero me faltaba algo. Yo lo que quería era vivir en Grecia.
La gran oportunidad para cumplir mi sueño tenía un nombre: Beca Erasmus. Con disgusto de mis padres y desechando opciones mucho más atractivas académicamente (como Eindhoven o Trondheim) solicité (y conseguí) una Erasmus en la Universidad Técnica Nacional de Atenas, la misma a la que asistían mis amigos atenienses. La experiencia Erasmus tuvo el mejor prólogo posible, un mes aprendiendo griego en la isla de Lesvos, inmerso en el espíritu halará y en hectolitros del ouzo que la isla produce generosamente.
Ocho meses en Atenas fueron suficientes para quitar ese aura mágica que rodeaba mi visión de Grecia. Luchando contra la burocracia absurda, viajando en autobuses de horarios aleatorios y acostumbrándome a las continuas huelgas. Llegando, incluso, a vivir intensamente un momento histórico como fueron los disturbios de diciembre de 2008 tras la muerte de Alexis Grigorópoulos. Mi imagen ideal de Grecia se convirtió en una fotografía mucho más realista, con sus luces y sus sombras. Pero si algo me quedó claro de la experiencia es que, a pesar de los (muchos) inconvenientes, Grecia es un país donde se disfruta intensamente de la vida. Eso, claro, implica que conceptos como el trabajo o la puntualidad se toman mucho menos en serio de lo que a veces es razonable.
Cuando volví de Atenas, lo hice con la sensación de haber cerrado una etapa, pero quedaba otro gran capítulo por llegar. En noviembre del año pasado pedí (con pocas expectativas, pero “por pedir que no quede”) una beca en Cedefop, una agencia de la Unión Europea localizada en Grecia. Cuando ya me había olvidado del tema recibí un correo inesperado: “Nos complace informarle de…”. No hubo necesidad de leer nada más. Era 29 de enero. Al cabo de un mes, aterrizaba de nuevo en Atenas como escala previa a Salónica.
Los seis meses en Salónica han sido mi primera experiencia laboral (que dejo con un regustillo un tanto amargo) y han supuesto una colección inagotable de anécdotas, amistades y momentos dignos de ser contados (pero no aquí). A eso ayudó (y de qué manera) el hecho de vivir en una auténtica “13 Rue del Percebe” de apartamentos individuales y habitaciones comunales de hostel comandados por Virginia, una argentina con genes griegos que tras medio siglo empaquetó una vida en América para vivir en Grecia cerca de sus orígenes. Esa casa con jardín situada en una tranquila callejuela del antiguo barrio turco es un peculiar oasis en medio del caos de tráfico, ruido y feos bloques de posguerra que es Salónica.
Por el jardín y la sala comunitaria de esa casa de locos ha pasado gente de todo el mundo, literalmente. Desde México hasta Australia pasando por casi toda Europa e incluyendo una curiosa colección de griegos afincados en Alemania pasando el verano en su tierra. Entre vivir en un sitio como ese y trabajar en una institución europea, he estado permanentemente rodeado de un ambiente internacional, cosa que me gusta (y que todo el mundo debería probar en algún momento de su vida). Aunque claro, la cabra tira al monte y al final uno suele acabar haciendo buenas migas con los españoles.
Después de viajar a lo largo y ancho de su geografía, de conocer la vida de estudiante y la de trabajador y de haber vivido en las dos grandes ciudades del estado, creo que puedo decir que Grecia es mi segundo país. Después de español, soy griego (aunque sea adoptivo). En realidad, mis amigos griegos solían decir cada vez que nos veíamos que ya me había convertido en uno de ellos, lo cual me provocaba siempre una indisimulada sonrisa.
Mi contrato indefinido en Ámsterdam es la primera página de un nuevo volumen de mi biografía, así que ahora sí me toca cerrar el libro de Grecia. Cuando vuelva a hojearlo, estoy seguro de que me entrará la necesidad irrefrenable de escribir un epílogo.
PS: La canción se titula “Αχ Ελλάδα, σ’αγαπώ” (“Oh, Grecia, te quiero”) y refleja también la complicada relación de amor (y odio) que los griegos tienen con su propio país:
Oh, Grecia, te quiero
y te doy gracias de corazón
porque me enseñaste, y ahora sé
respirar donde quiera que esté,
morir donde me lleven mis pies
sin tener que aguantarte
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