Publicado el 14 dic, 2011


Buscando el sistema electoral perfecto

Tras unos cuantos meses de ausencia en el blog, he decidido volver para hablar un poco de sistemas electorales, uno de los temas candentes en los últimos meses. Al final, como otras muchas cosas en España, los sistemas electorales pertenecen a la categoría de cosas de las que todo el mundo habla, sin tener (en general) demasiada idea. Así, por ejemplo, las asambleas del 15M llegaron a pedir “listas abiertas y circunscripción única” a nivel estatal, cosas incompatibles entre sí (a no ser que imaginemos unas elecciones donde cada elector marca unos pocos cientos de cruces en un listín de miles de nombres – eso sí, renunciando a la proporcionalidad).

También es muy habitual confundir “sistema electoral” con “método de reparto de escaños” (por ejemplo, la Ley D’Hondt es un método de reparto de escaños, podríamos cambiarlo por cualquier otro y, a no ser que cambiemos más cosas, seguiríamos teniendo exactamente el mismo sistema electoral).

El desconocimiento sobre sistemas electorales lleva, además, a peticiones demagógicas como la de “una persona, un voto”. No, vamos a ver, en la actualidad ya tenemos un voto para cada persona, discutir eso es sencillamente mentir. La cuestión es… ¿cómo se transforman esos votos en representantes electos? y la respuesta no es en absoluto trivial.

Lo primero que hay que tener claro es que el sistema electoral perfecto no existe. No es una afirmación retórica, es que matemáticamente es imposible. Esta afirmación deriva del Teorema de la Imposibilidad de Arrow. A grandes rasgos, viene a decir que es imposible crear un sistema de votación que convierta un conjunto de preferencias individuales en una preferencia colectiva que cumpla todas las propiedades deseables. O de forma más sencilla: cualquier sistema electoral tiene una serie de características deseables y no todas ellas son compatibles entre sí.

No en vano, la razón de que existan tantos sistemas electorales en el mundo es que el sistema electoral perfecto no existe, y cada cual trata de enfatizar determinadas características en perjuicio de otras. ¿Cuáles son, por tanto, todas esas características que debería tener el sistema electoral perfecto? centrémonos en algunas de las fundamentales.

Proporcionalidad

El santo grial de la “política indignada”: el sistema electoral debe repartir los escaños de forma perfectamente proporcional a los votos para que “todos los votos valgan lo mismo”. En principio nada que objetar, parece razonable, pero… hay un pequeño detalle: este enunciado asume que estamos repartiendo escaños entre partidos, es decir, se asume que estamos votando a una determinada candidatura. Si estamos votando a personas, en cambio, no tiene sentido hablar de proporcionalidad ya que no podemos repartir varios escaños a un mismo candidato. Un determinado candidato o bien obtiene representación o bien no la obtiene. Por eso, el “voto a personas” (ya sea por listas abiertas o sistema mayoritario) es incompatible con la proporcionalidad pura (aunque existen muchas fórmulas para equilibrar el voto a personas concretas con una representación relativamente proporcional de listas electorales).

La realidad es que prácticamente ninguna democracia parlamentaria tiene un sistema proporcional puro (Holanda es una llamativa excepción, es un sistema proporcional puro que, anecdóticamente, usa la Ley d’Hondt). Existen algunos sistemas electorales, incluso, que no tienen en cuenta la proporcionalidad en absoluto (Reino Unido, Francia). Lo cual nos lleva a pensar que, al margen de la proporcionalidad, quizá haya otras cosas en las que pensar a la hora de diseñar un buen sistema electoral.

Estabilidad

En un lenguaje más técnico, es lo que se llama “independecia de alternativas irrelevantes“. Un buen sistema electoral debe garantizar que formar mayorías estables es fácil (siempre que los electores se decanten mayoritariamente por una opción) y que los partidos minoritarios no condicionen las mayorías parlamentarias. Algunos denigran este aspecto con el argumento de que “si queremos estabilidad, pongamos a un dictador”. Esto es una interpretación errónea (e interesada). De lo que se trata, cuando hablamos de estabilidad, es que las preferencias individuales mayoritarias no se vean condicionadas por las minoritarias.

Ejemplo: en las pasadas elecciones generales el PP ganó de calle con una mayoría clara y abrumadora. Fue el partido más votado en prácticamente cada rincón del estado y obtuvo ni más ni menos que 4 millones de votos más que el siguiente competidor (ventaja del 15% de los votos totales). Es decir, una mayoría bastante destacable de individuos prefirió al PP sobre cualquier otro partido. ¿Sería justo que partidos minoritarios pudiesen condicionar el gobierno del PP, o incluso, otorgar el gobierno a otra candidatura? evidentemente no. El sistema electoral español se encargó de garantizar esto con una mayoría absoluta del PP. Sin embargo, si nos ciñéramos a la pura proporcionalidad, el PP no llegó al 50% de los votos, por tanto teóricamente (si solo tomamos la proporcionalidad como criterio) no tendría mayoría absoluta. Esto implicaría que partidos muchísimo menos votados podrían condicionar el gobierno del PP o incluso, eventualmente, apoyar un gobierno del PSOE, derrotado por paliza.

Para evitar este tipo de situaciones, casi ningún sistema electoral es puramente proporcional, sino que se incluyen diversas correcciones para asegurar la independencia de alternativas irrelevantes. Los más habituales son la introducción de umbrales (un partido tiene que superar un determinado mínimo para obtener representación) y la división en distritos (hay reparto proporcional pero no de todos los escaños a la vez, sino por “lotes” más pequeños, como pasa en España). ¿Hasta que punto podemos dividir en distritos y establecer umbrales manteniendo un resultado final “relativamente proporcional”? aquí entra en juego la paradoja de Arrow. Para algunos la estabilidad resultará más deseable que la proporcionalidad, para otros lo contrario, y en definitiva, nunca lloverá a gusto de todos. Pero aún hay un importante criterio que no hemos mencionado aún.

Representatividad *

Los sistemas electorales tienen el propósito de que los ciudadanos elijan a sus representantes. Cabría suponer, por tanto, que es deseable que las personas elegidas representen “lo mejor posible” a sus votantes, es decir, que haya una conexión lo más directa posible entre representantes y representados. Algunos sistemas otorgan mucha importancia a este criterio (olvidándose por completo de la proporcionalidad): cada ciudadano tiene un solo representante, ya que el estado se divide en distritos donde solo se elige un escaño.

Evidentemente, así para los partidos minoritarios es casi imposible obtener una representación acorde a sus votos, ya que solo obtendrán escaños si consiguen ser los más votados en algún distrito. Por tanto hay una fuerte incompatibilidad entre representatividad y proporcionalidad. Una solución intermedia es la división en distritos plurinominales, donde se eligen varios escaños. Por ejemplo, en España, los votantes tienen un grupo de representantes propios elegidos proporcionalmente dentro de su provincia.

Adicionalmente, la representatividad es deseable porque garantiza el equilibrio territorial. Con el sistema español, por ejemplo, cada diputado debe responder ante los electores de su provincia. Con una circunscripción proporcional única se perdería dicha conexión y no habría ningún diputado específicamente responsable de los problemas de, pongamos, Lugo o Albacete. Casi todas las grandes democracias parlamentarias dividen su territorio en distritos, de alguna u otra forma, para asegurar que todos los territorios están explícitamente representados.

En la mayoría de los casos, los distritos menos poblados están ligeramente sobrerrepresentados sobre los más poblados. Por un lado es injusto (“no todos los votos valen lo mismo”), pero por otro lado garantiza que a la hora de votar no solo se tengan en cuenta los intereses de los lugares más poblados. Si en España los territorios estuvieran estrictamente representados en proporción a su población, el debate político se reduciría prácticamente a Madrid, Cataluña y Andalucía. Para garantizar la cohesión territorial es necesario tener en cuenta, por ejemplo, que aunque los ciudadanos de Castilla y León sean poco más del 5% de los españoles, administran casi un 20% de su territorio (pensemos en la importancia que eso tiene en materia de infraestructuras o recursos naturales). Por llevar el caso al extremo, es probable que con una representación puramente proporcional a Soria le correspondiesen cero escaños en el Congreso.

* Representatividad es la mejor palabra que he encontrado para definir este criterio, acepto sugerencias alternativas (¿proximidad?)

En próximos posts intentaremos analizar los diferentes sistemas electorales que existen y como “ataca” cada uno de ellos el equilibrio entre las características que acabamos de analizar.


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4 comentarios

  • Yon dice:

    Me gusta mucho el análisis, desglosando por esas 3 vías hacia donde puede despuntar mas un sistema de representación electoral.

    De las tres yo soy mas de la proporcionalidad. La estabilidad es algo que está sobreestimado, creando esta situación de solo dos partidos son estables y la “representatividad”, con el actual sistema de partidos, no es real, ya que los diputados de cualquier provincia poco arriman el ascua a su provincia cuando el partido les impone lo que tienen que votar.

    Así que para una mejor representatividad proporcional me conformo con una circunscripción única para todo el territorio nacional, que alivie los “efectos colaterales” del reparto D’Hont.

    Y ya en plan “mundo curioso pero poco realista”, estaría interesante poder votar a solo una persona en cada elección (como cuando elegíamos delegados de estudiantes, que podías votar a uno de todos tus compañeros). Aunque obviamente esto haría dificil rellenar todos los asientos del congreso, así sabrías a quien reclamar si las cosas no salían como tu quieres. :P

    • Ignacio dice:

      @Yon gracias por el halago :) (lee el nuevo post, por cierto). Lo de poder votar a un solo candidato en las elecciones, por cierto, sería horriblemente poco proporcional (te dejo pensar el porqué ;))

      Un saludo

  • [...] Lo prometido es deuda, es hora de hablar de sistemas electorales concretos y de como se equilibran en la práctica los conflictos de preferencias derivados de la paradoja de Arrow. Empezaremos hablando de uno de los sistemas más antiguos (y simples): el mayoritario, o estrictamente hablando, el mayoritario uninominal (ya que tenemos sistemas mayoritarios plurinominales – las famosas “listas abiertas” – pero les dedicaremos un post aparte). [...]

  • [...] con su voto (recordemos que el adjetivo “justo” es relativo, teniendo en cuenta el equilibrio de preferencias asociado al Teorema de [...]