Publicado el 18 dic, 2011


Sistemas electorales mayoritarios de listas abiertas

En el sentido amplio, los sistemas de listas abiertas son aquellos en los que el votante puede escoger (con diferentes grados de libertad) entre los candidatos que se presentan, votando por tanto a personas y no a partidos; teniendo la posibilidad adicional de votar a candidatos de distintos partidos.

El sistema más simple de listas abiertas es el sistema mayoritario plurinominal, que es similar al sistema mayoritario uninominal del post anterior, con la diferencia de que en lugar de elegir un solo candidato por distrito, se eligen varios. Esto tiene una ventaja fundamental: permitir que en cada distrito pueda haber representación de varios partidos políticos, logrando aumentar la proporcionalidad del sistema uninominal (y favoreciendo las opciones de partidos minoritarios).

Por norma general, en estos sistemas electorales de listas abiertas los candidatos se agrupan en listas, pero el voto se realiza a personas, independientemente de la lista a la que pertenezcan. Teniendo en cuenta que la mayoría de los votantes se decantarán por los candidatos de un solo partido, lo normal es que se establezcan límites sobre el número máximo de candidatos que cada lista puede presentar – o que los electores pueden escoger (si no, en muchos distritos se daría el caso de que el partido más votado se llevaría todos los representantes, con lo cual no habría ninguna mejora de proporcionalidad respecto al sistema mayoritario uninominal).

España tiene una larga tradición de sistemas mayoritarios plurinominales. Es el sistema usado actualmente en el Senado, también lo fue en la II República. Al igual que en el caso uninominal, tenemos el caso de única vuelta y doble vuelta ¿Cómo funciona, pues?

Sistema simple (ejemplo: Senado español)

Veamos el ejemplo del Senado español: en cada una de las provincias peninsulares se eligen cuatro representantes. Cada partido puede presentar un máximo de tres candidatos. Los votantes pueden seleccionar a tres candidatos, independientemente del partido al que pertenezcan o al orden que ocupen en la lista de sus respectivos partidos. Los cuatro candidatos más votados son elegidos.

En la práctica, la gran mayoría de votantes eligen a tres candidatos de un mismo partido, de modo que casi siempre resultan elegidos los tres candidatos del primer partido y un candidato del segundo partido (el primero de la lista, habitualmente). En casos de mucha igualdad, podría ser que se repartiesen dos candidatos por partido, pero es muy poco habitual (sucedió, por ejemplo, en Tarragona en las últimas elecciones).

El sistema del Senado favorece claramente al partido que gana en más provincias (en este caso el PP, que ganó en el Senado incluso en las victorias socialistas de 2004 y 2008). Es poco proporcional y fomenta el bipartidismo, que puede ser combatido mediante coaliciones electorales entre partidos con objeto de obtener más representación de la que obtendrían por separado. Por ejemplo, desde hace ya bastantes años, en las provincias catalanas se presenta al Senado una coalición de izquierdas que incluye a PSC, ICV y ERC. Las posibilidades de estos dos últimos de obtener senadores sin presentarse en coalición es ínfima. Otro ejemplo: en el año 2000, en muchas provincias, el PSOE presentó solo dos candidatos e IU uno, recomendando a sus respectivos votantes distribuir los tres votos entre ambos partidos (la estrategia no funcionó por la aplastante victoria del PP en aquellas elecciones).

Sistema de doble vuelta (ejemplo: II República)

El sistema electoral de las Cortes de la II República era muy similar, con dos diferencias fundamentales. Primera: el número de diputados elegibles en cada provincia era proporcional a la población (con lo cual, los resultados finales obtenidos eran también más proporcionales – pero las elecciones en circunscripciones grandes como Madrid se complicaba el procedimiento por el elevado número de candidatos). La segunda diferencia es que un candidato necesitaba haber sido votado por al menos el 20% de electores para ser elegido directamente, en otro caso se celebraba una segunda vuelta donde se elegían las plazas restantes entre aquellos que no hubieran obtenido el 20% a la primera (pero hubiesen superado el 8%). (En la reforma de 1933 se añadió la condición adicional de que si ningún candidato de ninguna lista superaba el 40% de los votos, en la segunda vuelta se volvían a elegir todos los diputados – como se ve, era un sistema cuya complejidad rozaba la esquizofrenia).

Lo que no cambiaba respecto al sistema del Senado era que, en general, la lista más votada se llevaba la mayoría de escaños, y la segunda lista se llevaba la minoría de escaños restante. Por ejemplo, en la ciudad de Madrid (separada de la provincia a efectos electorales) se elegían 18 escaños y cada elector podía votar a un máximo de 14*. Por lo general, salvo casos de mucha igualdad, la lista más votada se llevaría 14 escaños y la siguiente cuatro. (*) No había limitación del número máximo de candidatos que un partido podía presentar, dando lugar a diferentes estrategias – ver la primera fuente – aunque lo normal era presentar tantos candidatos como votos podían otorgar los electores.

Este sistema favorecía la creación de frentes electorales para hacerse con la mayoría de cada provincia, y tuvo como consecuencia cierta polarización de la sociedad (con las consabidas terribles consecuencias), dado que para consolidar dichos frentes los partidos mayoritarios tenían que incorporar en sus listas partidos minoritarios – en general más radicales y capaces de chantajear a los mayoritarios a cambio de apoyo.

Otra consecuencia negativa es que pequeñas variaciones en el resultado electoral generaban grandes variaciones en la distribución de escaños. Usando el anterior ejemplo de la ciudad de Madrid, sin ir más lejos, la victoria de uno u otro bloque, por ajustada que fuera, suponía una diferencia de 10 escaños a favor o en contra. Por ejemplo, en 1936, un empate técnico en votos entre la izquierda y la derecha resultó en una clara victoria parlamentaria de la izquierda gracias al sistema electoral.

La existencia de una segunda vuelta tuvo muy poca influencia y apenas generó cambios significativos respecto a los resultados que habría habido con una sola vuelta. Lo único que consiguió es añadir complejidad, sin que eso se tradujera en mejor representatividad. Por ejemplo, en 1936 sólo se dieron cinco casos de segundas vueltas, en provincias poco relevantes.

En general, los sistemas mayoritarios de listas abiertas son poco populares por la dificultad de conseguir resultados coherentes y proporcionales (basta ver como el sistema de la II República, a pesar de su extrema complejidad, fallaba a la hora de proporcionar resultados estables).

La gran mayoría de sistemas electorales de listas abiertas no son mayoritarios sino diferentes “sabores” de sistemas proporcionales (en los que se vota a partidos, aunque haya cierta flexibilidad a la hora de votar a candidatos concretos). Otra alternativa (que exploraremos en el siguiente artículo) son los sistemas de preferencias ordenadas, donde, manteniéndose total libertad de elegir diferentes candidatos procedentes de diferentes listas, se añade la posibilidad de ordenar los candidatos favoritos del elector.

Fuentes: Nada es Gratis, Politikon, Historiaelectoral.com, Wikipedia.


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2 comentarios

  • [...] de las principales críticas a los sistemas mayoritarios (uninominales y plurinominales) es su falta de proporcionalidad. Si los candidatos se agrupan en listas, la lista más votada [...]

  • Manuel Sarmiento dice:

    Nuestra joven democracia esta necesitada de cambios que la hagan más participativa,más orientada al ciudadano y sus necesidades, que su vestimenta tenga pinceladas de modernidad que impulsen aire fresco en los partidos politicos y en nuestros representantes. Con este motivo estoy impulsando una recogida de firmas para una Iniciativa Legislativa Popular. Acabo de empezar, pero creo que podemos provocar cambios que mejoren nuestra democracia. Mi enlace: http://goo.gl/VE6Fk