Publicado el 3 ene, 2012


Sistemas electorales proporcionales: ajustando la proporcionalidad

Hemiciclo

Todos los sistemas electorales repasados hasta ahora tienen una importante característica en común: no son proporcionales. Aunque haya diferentes mecanismos para dotarles de cierta proporcionalidad, no está en la raíz de su filosofía el ser proporcionales, sino el elegir determinados representantes. Como ya se discutió al analizar los sistemas mayoritarios, cuando se trata de elegir a un determinado candidato, o bien obtiene representación o no la obtiene, no tiene sentido hablar de proporcionalidad.

Sin embargo, en todas las democracias parlamentarias modernas los candidatos se agrupan en partidos, coaliciones, alianzas… listas de candidatos afines, en resumen. Los votantes también tienden a agrupar sus votos en estas listas según sus preferencias ideológicas. Desde ese punto de vista, es “justo” que la composición del parlamento, en cuanto a afinidades ideológicas, refleje de forma proporcional las afinidades ideológicas de la población, expresadas con su voto (recordemos que el adjetivo “justo” es relativo, teniendo en cuenta el equilibrio de preferencias asociado al Teorema de Arrow).

Es así como surgen los sistemas proporcionales, en los que no se elige directamente a candidatos sino que se reparten los escaños proporcionalmente entre las listas que concurren, y luego cada lista asigna los escaños que le corresponden (de diferentes maneras) entre sus candidatos. La realidad es que hay muy pocas democracias parlamentarias con sistemas puramente proporcionales (donde todos los votos del país se dividan proporcionalmente en escaños), ya que un sistema electoral debe tener otras características además de proporcionalidad (que aquí hemos englobado subjetivamente en los amplios conceptos de “estabilidad” y “representatividad”).

¿Cómo consiguen los sistemas proporcionales tener en cuenta estos factores? hay diversas formas

División en circunscripciones

En la práctica, salvo países muy pequeños, son pocos los sistemas electorales proporcionales donde el reparto se realiza proporcionalmente a nivel estatal. Normalmente el territorio se divide en circunscripciones, y a cada circunscripción se le asigna un número de escaños. Así, se mejora la representatividad: los cargos electos tienen más proximidad con los votantes y un electorado concreto (una provincia, una región, etc.) ante el que rendir cuentas. También se garantiza que todos los territorios estén explícitamente representados en el parlamento nacional y de este modo no se ignoren los asuntos que afectan a regiones poco pobladas o de poco interés electoral.

Evidentemente, mejorar la representatividad tiene un coste en términos de proporcionalidad (recordemos de nuevo la paradoja de Arrow). Para empezar, no basta con que a nivel estatal un partido obtenga suficientes votos para obtener representación: tiene que obtener suficientes votos en alguna circunscripción. Poniendo un ejemplo muy sencillo, en un parlamento donde se eligen 100 escaños divididos en 10 distritos con 10 escaños por distrito, es irrelevante que un partido obtenga el 5% de votos a nivel nacional (que en teoría le deberían garantizar 5 escaños): mientras no se acerque al 10% en ningún distrito, no obtendrá representación (esta es básicamente la razón de que IU y UPyD no obtengan en el congreso español el número de escaños que les correspondería proporcionalmente al total de votos estatales).

Hay otra distorsión de la proporcionalidad asociada al hecho de que al dividir el territorio en circunscripciones, no todos los votos “valen lo mismo”. Para empezar, el número de escaños que corresponden a cada distrito nunca será exactamente proporcional a la población (no podemos asignar escaños con decimales). En muchos casos, de hecho, el reparto es explícitamente no proporcional. Por ejemplo en el congreso español 248 escaños se reparten proporcionalmente a la población de cada provincia y los 102 restantes son fijos (dos por provincia, uno para Ceuta y Melilla). Por eso, provincias pequeñas como Soria o Teruel tienen más representación de la que les correspondería si todos los 350 escaños se repartieran proporcionalmente (ya que no tendrían esa prima de dos escaños fijos).

Pero es que además, aunque consiguiéramos asignar un número de escaños a cada provincia que fuese exactamente proporcional a la población, seguiríamos teniendo el mismo problema. Por ejemplo, dos provincias pueden tener la misma población pero si una está más envejecida que otra, tendrá más votantes potenciales (mayor número de habitantes mayores de edad). O simplemente, el hecho de que en una provincia haya más abstención que en otra distorsiona el reparto. Por poner un ejemplo numérico muy simple, supongamos dos distritos, cada uno con 100 000 habitantes, representados por 10 escaños. En el distrito A votan 80 000 personas y en el B votan 60 000, el resultado es que los votos del distrito B valen “más” (porque a un número menor de votos le corresponde el mismo número de escaños).

Cómo compensar la división en circunscripciones

Existen varios mecanismos para corregir la distorsión de proporcionalidad asociada a la división en distritos. Los escaños de compensación elegidos en Suecia y Noruega son un buen ejemplo (perfectamente aplicable al sistema electoral español): un porcentaje de los escaños se reparte proporcionalmente a nivel nacional (considerando el total estatal de votos) para evitar que partidos con significativo apoyo nacional pero porcentaje insuficiente en los distritos se queden sin representación. En el sistema noruego, cada distrito tiene un escaño de compensación (en España, equivalentemente habría 50 escaños de compensación). En Suecia en cambio, el número de escaños de compensación es fijo y su asignación a diferentes distritos es variable.

Otra opción (más beneficiosa para los partidos minoritarios) es una “circunscripción escoba” donde sólo vayan los restos de votos que no han servido para obtener escaño en una determinada circunscripción (en lugar de considerar el total nacional de votos). En España este mecanismo, que en su día fue propuesto por IU, topa con el problema de que, según la Constitución, el distrito electoral es la provincia (¿quiénes serían los diputados elegidos en dicha “circunscripción escoba”?)

La alternativa más popular, sin embargo, son los sistemas electorales mixtos donde parte de los escaños se eligen por distrito (con sistema mayoritario habitualmente) y otra parte se eligen proporcionalmente. Pero de momento, nos centraremos en sistemas puramente proporcionales.

Umbrales mínimos

Pensemos por un momento que los 350 diputados del Congreso español se eligieran proporcionalmente según los votos obtenidos en todo el estado (lo que reclaman algunos en la actualidad bajo el erróneo eslogan de “una persona, un voto”). Esto supondría que obtener aproximadamente una 350ª parte de los votos totales (un insignificante 0,28%) valdría para garantizarse un escaño. También supondría que un partido necesitaría superar el 50% de los votos para obtener mayoría absoluta. En la práctica, habría múltiples partidos con casi nulo apoyo real en la sociedad pero cuyos escaños podrían condicionar las políticas de la mayoría.

Al ser virtualmente imposibles las mayorías absolutas (en la democracia española, por ejemplo, nunca un partido ha llegado al 50% de los votos) la estabilidad del gobierno siempre dependería de los minoritarios (un ejemplo real de esto es el sistema electoral italiano hasta 1993 – la duración media de los gobiernos era de nueve meses). Para evitar la presencia de partidos irrelevantes, la mayoría de sistemas proporcionales establecen umbrales. Por ejemplo, en España un partido debe obtener al menos el 3% de votos en una determinada provincia para entrar al reparto de escaños.

En algunos casos, se establecen umbrales demasiado altos con la clara intención de dificultar la representación de minorías o la aparición de nuevos partidos alternativos a la mayoría establecida. Por ejemplo, en Turquía un partido debe obtener el 10% de votos en todo el territorio nacional para entrar en el parlamento. De este modo, los kurdos, poco más del 10% de la población, jamás han estado representados en Ankara por sus propios partidos políticos. En Rusia, el umbral es del 7%, lo que en las últimas elecciones, por ejemplo, dejó fuera de la Duma al partido liberal Yábloko, con más de dos millones de votos. Semejantes umbrales en España harían desaparecer a todos los partidos del Congreso salvo PP y PSOE. En el otro extremo, Holanda, con un parlamento de 150 miembros, tiene un umbral de 1/150 de los votos totales (el 0,67%).

Primas a la mayoría

Otra forma de garantizar la estabilidad por la “vía rápida” (a costa de cargarse directamente la proporcionalidad) es asignar primas al partido más votado (ya sea en cada distrito o a nivel nacional). Es decir, el partido que gana tiene representantes extra sólo por haber ganado. De este modo, se favorece que los partidos más votados sean quienes formen gobierno.

Por ejemplo, en el parlamento griego, con 300 escaños, 40 son automáticamente asignados al partido más votado, y el resto se reparten proporcionalmente en circunscripciones (con un sistema similar al español). Así, basta con que el partido vencedor obtenga 111 escaños de los 260 restantes para tener mayoría absoluta en la cámara. En el complejo sistema electoral italiano, se garantiza que el vencedor obtiene aproximadamente el 55% de los escaños, y el resto del parlamento se reparte proporcionalmente entre los restantes partidos.

En Francia, que a nivel nacional usa un sistema mayoritario a doble vuelta, las primas a la mayoría se usan en las elecciones municipales (prima del 50% de los concejales al partido más votado) y regionales (25% de representantes al partido más votado). Este tipo de mecanismos reducen el poder real de los partidos minoritarios, al otorgar prácticamente siempre la mayoría absoluta al partido más votado (con lo cual las coaliciones de gobierno son innecesarias).

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Aún nos queda conocer dos cosas fundamentales sobre los sistemas proporcionales. La primera, ¿cómo votamos? (listas cerradas, abiertas, desbloqueadas, mixtas…). La segunda, y más importante, ¿cómo repartimos los escaños? (nunca será de forma puramente proporcional ya que no podemos repartir “escaños con decimales” y ahí está la gracia del asunto).


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