
Aeropuerto internacional de Schiphol, 18.30 horas. A la salida de la sala de equipajes, la policía holandesa realiza un control rutinario. De toda la fila, paran aleatoriamente a una pareja de aspecto asiático y un tipo moreno y barbudo. El tipo moreno y barbudo era yo y la escena sucedió hace pocos días. Un detalle sin importancia, de no ser por el hecho de que estos detalles se repiten con más frecuencia de lo que a uno le gustaría.
De ello puede dar fe también un amigo griego que acabó esposado y arrestado después de negarse a mostrar su pasaporte (como ciudadano de la UE, no tiene por qué hacerlo) en el mismo aeropuerto a la misma policía. Este tipo de controles de pasaporte (que violan los ideales que inspiraron el acuerdo de Schengen) se han hecho casualmente frecuentes en todos los vuelos procedentes de Grecia desde el estallido de la crisis.
Holanda no es un país abiertamente racista, ni mucho menos. El nivel de integración de las minorías es bastante aceptable en comparación con Francia o Alemania, sin ir más lejos. Las comunidades extranjeras más importantes (surinameses, indonesios, turcos y marroquíes) están ya plenamente asentadas en la segunda o tercera generación, y no existen pandillas racistas neonazis o similares. Sin embargo, la falla social entre los autochtonen y los allochtonen (es decir, los holandeses “pura sangre” y los de origen extranjero) está muy presente entre ambas comunidades.
La consecuencia de ello es que los holandeses autóctonos se mezclan poco con los alóctonos, y con extranjeros en general, creando una serie de prejuicios que dan lugar a un montón de situaciones ridículas (en el mejor de los casos) o directamente irritantes (como por ejemplo, las “amables” pegas para alquilar un piso que nos pusieron a un compañero polaco y a mí en la primera agencia inmobiliaria que visitamos).
En mi caso, las conversaciones más divertidas surgen cuando comento que vivo en el Bijlmer, el gueto por excelencia de Ámsterdam y donde los blancos son minoría (es un barrio habitado fundamentalmente por surinameses y caribeños). Son habituales las bromas sobre si salgo por la calle “con chaleco antibalas” o comentarios sobre si no me da miedo “caminar por la calle”. Lo cierto es que jamás he tenido un problema, pero llama mucho la atención la total ausencia de “holandeses autóctonos” en el barrio, mientras que en cambio en otros barrios residenciales es prácticamente imposible ver “holandeses alóctonos”.
Como digo, en muchos casos Holanda es ejemplar en cuanto a la integración de los inmigrantes. Pero la peligrosa costumbre de ignorar a la inmigración primero genera desconocimiento, luego prejuicios y finalmente racismo. Por muy sutil que sea.