Publicado el 18 jun, 2011


El sutil racismo holandés

Autóctonos y alóctonos

Aeropuerto internacional de Schiphol, 18.30 horas. A la salida de la sala de equipajes, la policía holandesa realiza un control rutinario. De toda la fila, paran aleatoriamente a una pareja de aspecto asiático y un tipo moreno y barbudo. El tipo moreno y barbudo era yo y la escena sucedió hace pocos días. Un detalle sin importancia, de no ser por el hecho de que estos detalles se repiten con más frecuencia de lo que a uno le gustaría.

De ello puede dar fe también un amigo griego que acabó esposado y arrestado después de negarse a mostrar su pasaporte (como ciudadano de la UE, no tiene por qué hacerlo) en el mismo aeropuerto a la misma policía. Este tipo de controles de pasaporte (que violan los ideales que inspiraron el acuerdo de Schengen) se han hecho casualmente frecuentes en todos los vuelos procedentes de Grecia desde el estallido de la crisis.

Holanda no es un país abiertamente racista, ni mucho menos. El nivel de integración de las minorías es bastante aceptable en comparación con Francia o Alemania, sin ir más lejos. Las comunidades extranjeras más importantes (surinameses, indonesios, turcos y marroquíes) están ya plenamente asentadas en la segunda o tercera generación, y no existen pandillas racistas neonazis o similares. Sin embargo, la falla social entre los autochtonen y los allochtonen (es decir, los holandeses “pura sangre” y los de origen extranjero) está muy presente entre ambas comunidades.

La consecuencia de ello es que los holandeses autóctonos se mezclan poco con los alóctonos, y con extranjeros en general, creando una serie de prejuicios que dan lugar a un montón de situaciones ridículas (en el mejor de los casos) o directamente irritantes (como por ejemplo, las “amables” pegas para alquilar un piso que nos pusieron a un compañero polaco y a mí en la primera agencia inmobiliaria que visitamos).

En mi caso, las conversaciones más divertidas surgen cuando comento que vivo en el Bijlmer, el gueto por excelencia de Ámsterdam y donde los blancos son minoría (es un barrio habitado fundamentalmente por surinameses y caribeños). Son habituales las bromas sobre si salgo por la calle “con chaleco antibalas” o comentarios sobre si no me da miedo “caminar por la calle”. Lo cierto es que jamás he tenido un problema, pero llama mucho la atención la total ausencia de “holandeses autóctonos” en el barrio, mientras que en cambio en otros barrios residenciales es prácticamente imposible ver “holandeses alóctonos”.

Como digo, en muchos casos Holanda es ejemplar en cuanto a la integración de los inmigrantes. Pero la peligrosa costumbre de ignorar a la inmigración primero genera desconocimiento, luego prejuicios y finalmente racismo. Por muy sutil que sea.

Viajar en el tiempo

Publicado el 13 mar, 2011


Flexibilidad, movilidad

Flexibility

Normalmente, cuando se habla de paro, siempre salen a relucir dos palabras como solución mágica al problema: flexibilidad y movilidad. ¿Pero qué significa tener flexibilidad y movilidad en el mercado laboral? desde luego los políticos españoles no tienen ni idea, pero cualquiera que haya trabajado en Holanda puede explicarlo de forma relativamente sencilla.

Por ejemplo, el tema de la flexibilidad. Yo mismo soy un ingeniero trabajando en banca. “¿Pero cómo trabajas en banca después de seis años estudiando ingeniería?” Pues hombre… ¿por qué no? si es un trabajo interesante y bien remunerado (como es el caso), lo suyo es ir a por ello. La carrera debe ser un trampolín para hacer lo que nos gusta. En el momento en que se convierta en un lastre, mejor olvidarse de ella. La filosofía en España, sin embargo, es que “si has estudiado ingeniería pues tendrás que trabajar de lo tuyo a toda costa, si no, vaya desperdicio”. Resultado, cientos de mentes brillantes haciendo trabajos que no les gustan mientras son explotados en consultorías tecnológicas, con sueldos y condiciones laborales propias de un becario.

Aquí en Holanda he conocido (entre otros) a un profesor de holandés, una fotógrafa profesional, un coach y un manager de recursos humanos que eran todos ingenieros de formación. Todos hacían algo que les apasionaba y que les permitía vivir a gusto. Mientras tanto, en España, la flexibilidad laboral sigue agarrotada con un estúpido y paleto corporativismo profesional, que no escapa a los ingenieros. Que si las competencias profesionales por allí, que si los títulos por allá… ¿pero qué más da? ¿hace falta ser ingeniero informático para programar aplicaciones web o administrar la red de una empresa? pues no, igual que no hace falta haber estudiado Bellas Artes para ser un gran fotógrafo, ni Economía para trabajar en un banco.

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Viajar en el tiempo

Publicado el 20 feb, 2011


Alta cocina holandesa

Bitterballen

Después de hablar mucho de lo bien que se vive en Holanda, la cantidad de trabajo que hay, lo productivos que son, etcétera, llega el momento de recapitular algunas cosas no tan buenas del país de los diques y los tulipanes. Y hay unas cuantas, desde luego. Empiezo este museo de los horrores neerlandeses hablando de lo que causa más impacto a nuestros estómagos mediterráneos: la comida.

SIendo español y después de haber vivido casi dos años en Grecia, no me esperaba gran cosa de la gastronomía holandesa. Pero es que hoy, día en que se cumplen cuatro meses desde mi llegada, aún no conozco ningún plato típico holandés. Debe ser porque los holandeses no son muy de invitar a cenar en casa, y además prácticamente todos los restaurantes son “exóticos” (orientales, caribeños, mediterráneos, latinos, africanos… de todo). Se supone que el plato caliente por antonomasia es la erwtensoep, que no es más que una sopa de guisantes. No he tenido el gusto de probarla.

El lunch

Los almuerzos holandeses merecen sin duda encabezar este post. El lunch típico suele consistir en un sandwich (frecuentemente comido enfrente de la pantalla del ordenador). Incluso en reuniones de trabajo con “almuerzo incluido”, que nadie se espere más que una bandeja de bollos rellenos de chopped con mantequilla, una jarra de zumo y otra de leche. Sí, los holandeses beben leche y toman bollos a la hora de la comida. A lo mejor es porque desayunan cocido (aunque sospecho que no). La verdad es que la primera vez que te dicen “hoy tenéis jornada de trabajo completa con comida incluida” y luego ves el carrito de los sandwiches de chopped, se te queda bastante cara de tonto.

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Viajar en el tiempo

Publicado el 22 ene, 2011


A los holandeses no les gusta trabajar

holandesita dormida

Una de las típicas excusas españolas para explicar por qué muchas cosas son un desastre en comparación con el norte de Europa es la de “es que aquí no nos gusta trabajar”. Como si a los finlandeses les gustase mucho. En realidad, viendo los horarios laborales españoles, cualquiera diría que en España a la gente le gusta muchísimo trabajar. Si no, no se explica cómo es posible que mucha gente se quede en su trabajo hasta las ocho de la tarde o más.

Holanda es uno de esos países que caen dentro del tópico de europeo cuadriculado al que le gusta trabajar. Pues no, a los holandeses (¡sorpresa!) no les gusta un carajo trabajar. Mientras que en España lo típico es no mover el culo de la silla hasta que se levante el jefe, en Holanda lo normal es salir pitando a las cinco de la tarde (o cualquiera que sea el horario de salida) dejado tirado a quien haga falta. Una actitud sorprendente incluso para sus vecinos belgas y alemanes.

Lo que pasa es que los holandeses saben cómo hacer que su alergia al trabajo se convierta en algo positivo: cuando están trabajando, se suelen esforzar en hacerlo de la manera más rápida, directa y eficiente posible para acabarlo cuanto antes y que nadie les pida explicaciones más allá de su hora. Por ejemplo, es normal saltarse la pausa del almuerzo y comer directamente un bocata en frente de la pantalla del ordenador. Será por eso que en muchas empresas (la mía, sin ir más lejos) existe una política de “cafeína gratis” para mantener al personal bien activo en todo momento.

Lo de trabajar poco está socialmente aceptado y en muchos casos son las propias empresas las que lo promueven (o al menos, lo facilitan). Sin ir más lejos, las tiendas (salvo supermercados) normalmente cierran a las seis de la tarde (a las cuatro los sábados) y no abren los lunes por la mañana (para compensar lo del sábado). Hacer cuatro días de jornada algo más intensiva y descansar uno (incluso entre semana) es perfectamente normal. La hora de salida estándar son las cinco y las vacaciones disponibles suelen ser bastantes (aunque haya menos festivos fijos y puentes que en España, por ejemplo). ¡Y a ningún jefe se le ocurriría pedirte que vayas a trabajar un sábado!

Es curioso como en España solemos presumir de que “como aquí no se vive en ningún sitio“, una frase pronunciada siempre por gente que, a parte de España, nunca ha vivido en ningún sitio. Mientras tanto, en Holanda, el derecho del trabajador a tener tiempo para vivir su propia vida es sagrado. Ni hay horarios abusivos ni trabajadores pelotas que se quedan más tiempo de la cuenta sólo por quedar bien con el jefe. Precisamente el jefe será el primero que te invitará a irte a tu casa si ya has acabado tu trabajo del día y es “demás de hora”, ¡los jefes son los primeros a los que no les gusta trabajar!

Foto de Martijn Janssen tomada en un típico Intercity holandés

Viajar en el tiempo

Publicado el 14 nov, 2010


Paga como puedas

Cajero automático

Querer pagar y no poder es una situación a la que casi cualquier extranjero novato se enfrenta en Holanda. Podríamos tener la tentación de pensar que en un país moderno y avanzado como este se debería poder pagar con tarjeta de crédito en cualquier sitio. Al fin y al cabo, si en Estonia (por poner un ejemplo) se puede, Holanda no iba a ser menos. Pero no. Resulta que nuestras visas y mastercards son inútiles trozos de plástico en la mayoría de los casos.

Y es que muchas cosas en este país funcionan de una forma muy particular. Una vez que tienes la “infraestructura” adecuada y pasan algunas semanas, te acostumbras, pero no deja de ser chocante. Como muestra, esta anécdota: en una estación de tren de Ámsterdam, queriendo viajar a Den Bosch. El billete cuesta poco más de 10 euros, pero para viajar necesito cargar dinero en la chipkaart (la tarjeta prepago para el transporte público).

Desafortunadamente, los tornos de las estaciones de tren no se abren si pasas la chipkaart con menos de 20 euros de saldo (al entrar se te retiran 20 euros de “fianza”, y al salir y volver a pasar la tarjeta se calcula el importe exacto del viaje). Me encuentro con 15 euros en efectivo y una tarjeta MasterCard. Por supuesto, la tarjeta no funciona en ninguna de las máquinas de recarga. Después de guardar cola en taquilla, al ir a pagar con ella: “lo siento, no aceptamos esa tarjeta” — “¡Pero si esta tarjeta vale para pagar en todo el mundo! ¡en España, en Rusia, en Japón…!” — “ya, pero en Holanda no”. Y es que efectivamente, Holanda is different. A pesar de tener dinero en efectivo suficiente para mi trayecto, y de tener una tarjeta con la que he podido pagar en casi todos los países en que he estado (que no son pocos), tuve que pedir prestados cinco euros a mi compañero de viaje.

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